Bonvivart

Arte, comunicación y ocio alternativo

Una fábula que invita a soñar

 turandot08

Escena del  acto II de Turandot

 

Edgar Villanueva. Barcelona (España).-

 Tomo prestada la frase que titula esta reseña de unas declaraciones de Ghena Dimitrova, a quien tuve el honor de entrevistar en Caracas en 1995.  La desaparecida soprano búlgara -última gran intérprete de Turandot- me detalló por entonces su visión personal del rol que abordó tantas veces en los mejores teatros del mundo. Para ella, la mayor dificultad que planteaba Turandot no era solamente vocal, sino dramatúrgica, pues hacer creíble al personaje suponía una tarea enorme, que iba mucho más allá del “cantar bien”.

La historia de la princesa china que desprecia el amor y decapita a sus pretendientes tiene mucho de espectáculo hollywoodiense: auna grandilocuencia, melodismo y el elemento exótico que fascinaba a  Puccini.  La ópera fue estrenada en 1926, dos años depués de la muerte del compositor, que no pudo terminarla.  Fue completada por Franco Alfano, quien trabajó sobre escasos esbozos puccinianos, pero no pudo resolver el problema de la “humanización” de la protagonista. En un final propio de culebrón, la cruel y helada mujer se transforma -por obra de un beso y seis secos acordes- en una dócil chica enamorada.  Un happy ending tan poco convincente que ha sido y sigue siendo un quebradero de cabeza para músicos y directores escénicos.

Nuria Espert tampoco ha logrado resolver el problema de la última obra Giacomo Puccini. En esta producción, concebida  para la reapertura del Gran Teatre del Liceu en 1999, la actriz-directora no renuncia a la espectacularidad ni a la convencionalidad, garantizadas por el tándem Frigerio/Squarciapino, creadores de suntuosos diseños de escenografía y vestuario. Su dirección escénica plantea una idea rectora de fuerte impronta femenina, con imagenes contundentes y de bizarra belleza (El verdugo es una mujer, las niñas del reino son adoctrinadas para rechazar a los hombres y hasta juegan a la pelota con la cabeza de una de las víctimas). Pero su aporte más polémico es plantear el suicidio del personaje titular como solución a la imposibilidad de amar que sufre la malvada principessa.

Solistas

La soprano ucraniana Anna Shafayinskaia lució una voz de exhuberante oscuridad, con generoso squillo y algún episódico titubeo con la afinación en frases comprometidas como “Quel grido e quella morte” de su aria de presentación. Pero convenció no sólo por sus importantes medios, sino por un muy válido y coherente enfoque del carácter de la princesa china. Su Turandot no es una mujer rígida ni helada, ni una serpiente o  mantis religiosa: Es mas bien una mujer que vive bajo el terror que le ocasionan sus propios complejos.  En este sentido, sorprendió  y sedujo la humanidad de su personaje.  Todo un hallazgo que  patenta la solvencia de esta atractiva artista.  La claridad de sus ideas dramáticas  ayudó a hacer un poco más creíble el arbitrario suicidio marcado por la dirección escénica, que sigue siendo tan poco convincente como el final feliz planteado por el argumento original.

Como Calaf el tenor genovés Fabio Armiliato exhibió una vez más sus generosos recursos como experimentado cantante de este repertorio.  Su línea de canto es valiente, el fraseo genuinamente italiano y su credibilidad escénica completa. Mención aparte para un “Nessun Dorma”  bordado por una voz  que ha ganado armónicos en todo el arco sonoro, y que mantiene su habitual  frescura, espontaneidad y amplitud de aliento en los agudos.

La soprano Norah Ansellem debutaba en el Liceu como Liù. Su voz es la de una lírica en la línea de una Ileana Cotrubas con algo más de color y densidad. Desde sus frases iniciales desplegó  una riquísima gama de matices: messe di voce, filados y piani de  gran ostentación técnica.  Su manera de cantar, no obstante, es excesivamente  almibarada, y recuerda por ciertos amaneramientos a cantantes del pasado como Toti dal Monte o Bidu Sayao.

El bajo Giorgio Giuseppini encarnó  un Timur de voz importante, aunque no siempre homogénea en los extremos (frases del primer acto como “Aiuto! non c’e voce umana che muova il tuo core feroce?”). Muy convincente en la escena de la muerte de Liù,  la posterior confrontación con Calaf y la procesión que cierra la escena más emotiva y culminante de la ópera.

Irrelevante desde lo vocal el Ping de Gabriel Bermúdez, superado por los tenores Eduardo Santamaría (Pang) y Vicenç Esteve(Pong). Honestas las intervenciónes de Philip Cutlip como el Mandarín  y de Josep Ruiz como el Emperador.  Admirable intervención del coro, con una muy atractiva  cuerda de contraltos y  alguna pérdida de homogeneidad en los más expuestos agudos sopraniles. Nimio detalle  frente a un trabajo que en conjunto refleja  gran seguridad musical.

Giuliano Carella asumió  nuevamente -ya lo había hecho en 2005-  de manera poco ortodoxa la dirección musical de esta producción. La batuta fue mezquina en sutilezas, con sonidos asordinados en las cuerdas y marcados decibelios en la percusión. Con todo, dejó a los cantantes lucirse, misión primordial de un director de ópera.

Anuncios

agosto 3, 2009 Posted by | Uncategorized | 2 comentarios