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Maratón por parejas

 

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 Sarah Connolly (Dido) y Lucy Crowe (Belinda) en una escena de Dido y Eneas 

Edgar Villanueva.  Londres (Reino Unido).-

 

Presenciar tres óperas en un dia es una hazaña que iguala la pasión del operómano con la del fanático del fútbol.  Sin embargo, una jornada maratónica en un teatro de nivel de la Royal Opera House es festín memorable, por los estándares cualitativos de la compañía, solistas, orquesta y coro y la diversidad estilística de los programas ofrecidos.

Comienzo con un dato insólito:  era la primera vez que el coliseo de Covent Garden escenificaba en producción propia una ópera tan inglesa como  Dido y Eneas, de Henry Purcell.   En el rol titular,  la mezzosoprano Sarah Connolly sacó partido de todos los rincones dramáticos y aspectos contradictorios del rol de Dido, con un final -el aria “When I am laid in earth”- de tocante patetismo.  A su lado, la soprano Lucy Crowe fue una Belinda diáfana, transparente, contrapeso ideal para la atribulada e infeliz reina de Cartago.

Eneas atlético y algo ausente del barítono Lucas Meachem,  maléfica y oscura la hechicera de la mezzo Sara Fulgoni,  y en un punto cómicas las brujas de Eri Nakamura y Pumeza Matshikiza (fue una solución genial presentarlas como siamesas).

El planteamiento escénico del coreógrafo Wayne Mc Gregor tiene el mérito de presentar el drama con una sencillez casi didáctica, sin caer en  tentaciones dancísticas que sin embargo cuadran a la perfección en el segundo título del doble programa:  el drama pastoril Acis y Galatea, de Georg Friedrich Haendel.

Aquí debutaba la soprano estadounidense Danielle de Niese, especializada en el repertorio barroco, de encantadora voz y muy oportunas dotes de bailarina.  La caracterización la acribilló al imponerle una peluca rubia en lugar de aprovechar la morena y étnica belleza de esta cantante de raíces australianas.  El tenor Charles Workman  tuvo a su cargo el rol del amante Acis y el privilegio de cantar el trozo más hermoso de la obra:  el aria “Love in her eyes sits playing”.  Como el grandullón Polifemo, el bajo Mathew Rose exhibió una contundente presencia vocal,  que venía como un guante al rol que interpretaba.  De agradecer el trabajo del Royal Ballet en esta obra de formato más bien pequeño, que es una sucesión intercalada de arias, recitativos y ocasionales dúos.   Admirables la plasticidad y vigor del joven bailarín Paul Kay en la parte de Corindon.

 

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Danielle De Niese y miembros del Royal Ballet de Londres en Acis y Galatea

Mezquinos aplausos para la Orchestra of the Age of Enlightment, dirigida por  Christopher Hogwood, que sin embargo fue un acompañante atento y muy sobrio en los títulos que componían este doble programa, que conmemoraba los 350 años del nacimiento de Purcell (1659) y el 250º aniversario del fallecimiento de Haendel (1759).

Romeo y Julieta

La programación de I Capuleti e I Montecchi coincidió con el reciente lanzamiento de la grabación comercial que el sello Deustche Grammophon hizo de este conocido aunque poco frecuentado título del compositor siciliano Vincenzo Bellini (1801-1835) , con la misma pareja de las funciones londinenses: la soprano rusa Anna Netrebko y la mezzo letona Elina Garanca.  La producción, ya añeja,  fue la de Pier Luigi Pizzi estrenada en la ROH en 1984 y también vista en el Teatro la Fenice de Venecia a principios de los 90 con Katia Ricciarelli y Diana Montague como Giulietta y Romeo, respectivamente.

Los espacios columnados que reflejan vistas de los edificios más emblemáticos de Verona son opresivos y oscuros: llegan a cansar al espectador,  no obstante la brevedad de algunos cuadros y la melódica riqueza de la música belliniana. La iluminación, planteada en bloque y con pocos matices,  parece divorciada totalmente del concepto original de la puesta.

Anna Netrebko lució una voz de oscura  y penetrante belleza,   temperamento genuino y rotundamente lírico,  pero como intérprete aun se busca a sí misma. Su canto suena mucho al de otras colegas de la cuerda, como por ejemplo,  al de su admirada Mirella Freni.  Resuelve las frases largas con solvencia, sin prodigios de matiz (piani trabajosos, pianissimi insinuados, nunca logrados), pero se admira la convicción en la construcción general de este personaje unidimensional, que en toda la obra parece siempre llorar cantando.

La Garanca posee un timbre aterciopelado, que en el grave-medio recuerda, precisamente por este atributo, a la desaparecida Lucía Valentini Terrani.  La zona aguda está muy bien resuelta, y es fascinante la gama de colores desplegados en el aria “Se Romeo t’uccisse un figlio” y la posterior cabaletta “La tremenda, ultrice spada”.  Su belleza física, muy femenina, llega a convencer teatralmente, pues caracterizada parece un verdadero muchacho enamorado.

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Netrebko y Garanca como Giulietta y Romeo

Como Tebaldo, el tenor argentino Darío Schmunck realizó un trabajo musicalmente irreprochable en el aria “E serbato quest’acciaro” y su  cabaletta “L’amo tanto è m’è si cara”.  Se echó de menos alguna audacia en una voz tan saludable. Muy profesionales el Capellio de Eric Owens y el Lorenzo de Giovanni Battista Parodi, papel algo episódico y por demás bastante ingrato.

La orquesta de la Royal Opera,  dirigida por Mark Elmer,  confrontó algún altibajo decibélico, sobre todo en las escenas de conjunto. Sus tempi flexibles permitieron a los cantantes lucirse, en particular a las prime donne protagonistas.

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mayo 5, 2009 Posted by | Uncategorized | 1 comentario