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La ópera imposible

 

Escena del acto II de “Un Ballo in Maschera” de G. Verdi en el Teatro Real de Madrid (Foto: Javier del Real).

 

Edgar Villanueva. Madrid (España).-

Resulta muy difícil, cuando no imposible, realizar una ópera como Un Ballo in Maschera de manera 100% satisfactoria. Más allá de las dificultades planteadas a los solistas,  a la orquesta y el coro, su música está plena de ambivalencias, claroscuros, colores vivos y tonos brillantes, pero también tambien negritud en cargas equivalentes.  Tal polarización de sonidos, de situaciones que pasan de lo trágico a lo cómico, de lo sublime a lo patético,  es sumamente ardua de preparar, asimilar y proyectar.  El Verdi de las efusiones épicas cede aquí ante el creador de atmósferas íntimas,  delicadeza y finura en los tejidos orquestales y vocales.

Ballo siempre ha logrado mentenerse en repertorio, con mayor o menor arraigo.  Su historia, la de un monarca enamorado y secretamente correspondido por la esposa de su mejor amigo tiene mucho de humana y auténtica, aunque el tratamiento resulte en un punto naïveold fashioned frente a la acomodaticia flexibilidad moral de nuestros dias.

Esta nueva producción que inauguró la temporada 2008-2009 en el Teatro Real (en coproducción con la Royal Opera de Londres) se vió lastrada por la cancelación por enfermedad del barítono Carlos Alvarez, uno de los elementos más atractivos de un elenco multiestelar. En su lugar, Marco Vratogna lució una voz y una manera de cantar que recuerdan al cantante italiano Mario Sereni, por su ataques valientes, el tamaño compacto del instrumento y  un fraseo incisivo.  La voz no es generosa ni en fiato ni en armónicos,  pero el canto es motivado y Vratogna tiene un rostro muy teatral. 

La Amelia de la soprano Victoria Urmana luce la imponente ostentosidad de su registro central, con agudos algo heterogéneos en un enfoque  que recuerda hasta en sus aspectos más cuestionables al de la soprano italiana Anita Cerquetti, un epígono de Callas.  Si el canto de Urmana es técnicamente irreprochable, teatralmente resultó difusa, echándose de menos un poco más de expresividad en su interpretación.  

Marcelo Alvarez construye su personaje en base a la belleza tímbrica del canto,  con una emisión aguda siempre indietro.  Tuvo detalles de muy buen gusto musical, como bajar a la octava grave -tal como está escrito-  los versos que cierran las dos estrofas del “Di tu se fedele”.   En cuanto a matices, su rol -de una apabullante complejidad para hacerlo creíble- sufrió de una persistente monocromía y eventual monotonía.  La voz empasta muy bien con la de la soprano, aunque las diferencias de tamaño eran más que audibles, a favor de Urmana.

Seductora la oscuridad del timbre de la mezzo Elena Zaremba como Ulrica, aunque no evitó remates algo vulgares (nulla ascondersi potrá….) y sonidos abiertos que caricaturizaban vagamente al personaje.

Encantador el Oscar de Alessandra Marianelli, y bien, sólo desde lo vocal, el Silvano de Borja Quirze, nulo actor en una parte a la que pudo haberle sacado  mejor partido.   Muy bien el coro, sobre todo las voces graves masculinas (extraordinarios los coros de congiurati) y la orquesta conducida por Jesús López Cobos,  con sonidos tendientes a la morosidad y la transparencia,  con menor compromiso hacia los apectos más oscuros del drama.

 La puesta en escena firmada por Mario Martone es tradicional y “de cine”, que no quiere decir cinematográfica. El traslado de época -del Boston colonial del siglo XVIII a mediados del siglo XIX- resulta un aporte únicamente estético, a excepción del acto II, que recuerda a oscuros filmes del neorrealismo italiano. Inexistente la dirección de actores.

Fuera de la escena, la sorpresa vino al leer el programa de mano y la ampulosa, prepotente e insufrible traducción al castellano del texto de la ópera. Que traducir versos, y en particular de la ópera romántica italiana -plenos de arcaísmos y lugares comunes- es tarea harto difícil no es ninguna novedad.  Pero justificar una labor rebosante de desatinos en tres páginas y encima disfrazarla de discurso erudito es subestimar al lector.  Sobran los títulos académicos cuando se conoce el oficio.

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octubre 20, 2008 Posted by | Uncategorized | Deja un comentario