Bonvivart

Arte, comunicación y ocio alternativo

Mi amigo el tenor

Aquiles Machado y Krassimira Stoyanova en una escena de Luisa Miller de Verdi en el Liceu de Barcelona. (Foto: Antonio Bofill).

Conocí a Aquiles Machado en abril de 1993, en ocasión de unas clases magistrales que la soprano Katia Ricciarelli impartió en Caracas.  Se hablaba  entonces de un jovencito con un “diamante en la voz” y otras definiciones hiperbólicas tan propias de la latitud tropical.

Es imposible olvidar el impacto de aquella voz de belleza arrebatadora, musicalidad apabullante y rotundidad casi perfecta.  A la emisión insolente y entusiasta se aunaba un timbre de inaudita frescura:  Aquiles era voz… ¡Y qué voz!!!

Todo el mundo quería apadrinar a aquel gordito de rostro hermoso, tímido a punto de complejo y de maneras inequívocamente provincianas que se despachaba a cantar el brindis de La Traviata con una  Ricciarelli en declive, pero que se reveló como una profesora interesante.  Con semejante madrina hizo su primer concierto en Italia ese mismo año. 

Pero sus aspiraciones académicas no se orientaban a la tierra del bel canto, sino a España,  a donde se desplazó a cursar estudios con Alfredo Kraus, ya entonces mito viviente, con quien estudió las claves de la técnica vocal.

En diciembre de 1998 obtuvo un clamoroso éxito en el Teatro Real de Madrid en unas inolvidables representaciones de La Bohéme, de Giacomo Puccini. Fue el inicio de una carrera internacional que lo ha llevado a  escenarios  tan prestigiosos como la Scala de Milán, la Opera de Viena o el MET Nueva York.

Para unos pocos inconformes su voz sonó siempre demasiado pueril. La lógica progresión de su carrera le ha llevado a asumir riesgos que se han traducido en un timbre más oscuro, viril, pero a costa de sacrificar la espontaneidad y lozanía de aquellos primeros años que tal vez han transcurrido demasiado rápido. 

Es evidente que el abordaje de nuevo repertorio (Pollione en Norma, Enzo en La Gioconda) le ha pasado factura al material vocal.  Pero es imposible que una voz suene igual toda la vida.  Y con la curiosidad de escucharlo en el rol de Rodolfo,  protagonista  masculino de la Luisa Miller de Verdi me acerqué a Teatro del Liceu de Barcelona, donde el tenor compartó escenario con la soprano Krasimira Stoyanova, el barítono Roberto Frontali y los bajos Giacomo Prestia y Samuel Ramey, bajo dirección de Maurizio Benini y una puesta más bien convencional de Gilbert Defló.

Me fascinó encontar a un Aquiles Machado mucho más cantante, técnicamente hablando. Cuida el fraseo con conocimiento de estilo y maneja las medias voces con destreza y buen gusto.  Ya no se regodea exclusivamente en la belleza del sonido propio, y aunque por momentos la emisión resulte excesivamente “empujada”, la voz está ahí, sin dejarse sepultar en los tutti. No perdió el vigor en las cabalettas “L’ara o l’avello” y en la muy dramática “maledetto il di ch’io nacqui”.  

 Rodolfo es para nuestro tenor una suerte de segundo nombre,  pues esta semana vuelve a interpretar otro Rodolfo: el protagonista de La Bohéme pucciniana -su ópera fetiche- en el Festival de Peralada, cerca de Gerona. A finales de este año asumirá en Caracas el papel de Cavaradossi en Tosca, junto a la soprano compatriota Inés Salazar.

Es consciente de que su canto no es igual al de hace una década. Y de que sería absurdo  buscar aquel mismo sonido. Aquiles el tenor ha cambiado.  Y tampoco es más un muchachito tímido asustado de su propio talento, sino todo un hombre de mundo que conserva -eso si-  la seductora cordialidad que retrata fielmente su origen venezolano.

Anuncios

julio 24, 2008 Posted by | Uncategorized | Deja un comentario