Verano atlántico
Lo siento por aquellos viajeros primerizos e ilusos que aun consideran Paris como l’essence de France. Sin ánimos retrógrados, sólo os diré que la capital gala ya no es lo que era. ¡Es que siquiera parece Francia!Ahí estan, es verdad, sus monumentos emblemáticos: la Torre Eiffel, los Campos Elíseos, el Louvre, el Sena, Montmartre, Moulin Rouge, restaurantes y boulangeries, pero con los aires de abarrotamiento y prisas de una ciudad desbordada… de turismo depredador.
Para descubrir la Francia auténtica -o lo que uno cree que es- hace falta desplazarse al ouest, a regiones como la Loire Atlantique, con su capital Nantes, o a Bretaña, con atractivos como Rennes, Mont Saint Michel y Saint Malo, entre otros.
Otrora puerto esclavista y principal conexión de Francia con sus colonias americanas, Nantes es hoy una ciudad estudiantil, exquisita, nada provinciana y de dimensiones discretas. Durante la Edad Media, fue residencia de los Duques de Bretaña: Obligatoria, además de gratuita, resulta la visita al castillo de esta dinastía. Otra opción no menos interesante es descubrir la casa-museo de Jules Verne, hijo ilustre de esta ciudad con una amplia oferta de restaurantes y precios no muy aptos para mochileros, pero de calidad indiscutible.
Si lo que se busca es vida nocturna, Rennes, a una hora y media en tren desde Nantes, destaca no sólo por, no por su aquitectura medieval típicamente bretona, sino porque es una ciudad universitaria por excelencia de la costa atlántica francesa. Es característico, en los meses cálidos, el bullicio de sus calles hasta bien entrada la noche. Los restaurantes y lugares de ocio están repletos de jóvenes marchosos. Desde aquí se puede visitar en excusión de un dia Le Mont Saint Michel, la maravillosa abadía construida sobre un peñasco-islote cuyo acceso está determinado por la acción de las mareas. La intensa -diría abusiva- actividad turística no quita interés a este lugar extraordinario y misterioso, de acceso nada sencillo (secuencia de escaleras interminables hasta llegar a la nave central del monasterio) digno de ser visitado almenos una vez en la vida.
Saint Maló es otra cosa: Fue un puerto de importancia estratégica para los nazis ocupantes durante la Segunda Guerra Mundial, y la ciudad fue virtualmente arrasada por los bombardeos aliados. Ahora, reconstruida en su totalidad, llama al turismo de verano por la belleza y accesibilidad de sus playas y su acogedora atmósfera de ciudad amurallada.
Tristan in situ

Escena del acto II de Tristan e Isolda, en la Cité International des Congrés, Nantes. (Foto: Jeff Rabillon)
Fue todo un descubrimiento apreciar el buen nivel de la Opera de Angers/ Nantes, sobre todo el de su orquesta y coro, capaces de medirse en una obra de titánicas dimensiones como Tristán e Isolda, de Richard Wagner.
La dirección de trazo grueso, en muchos momentos somera, de John Axelrod, no se detuvo en sutilezas ni detalles, como tampoco en imprimir “psicología” a la música. El resultado fue un sonido absolutamente sensorial, colorístico, pero epidérmico.
Aun así, logró momentos de intensa belleza y oscura brillantez, como el gran dúo de los protagonistas en el segundo acto y la Liebestod de Isolda en el tercero.
El tenor Leonid Zakhozhaev, Tristan válido por resitencia, que no por heroismo, pasó la prueba del extenuante rol pero su voz no es ni heroica, ni bella, y más bien velada en casi todo el registro.
La Isolda de Sabine Hogrefe es una voz oscura, por momentos muy metálica, lo que no le permite construir una Isolda sensual, Su canto, fuera de las grandes páginas de este prolongado y maravilloso espectáculo, resultó algo monocorde, con excepción de su interpretación del gran dúo con el tenor, donde lucieron ambos muy entregados y la escena de la muerte, donde desplegó todos los matices y sutilezas que parece haberse guardado para el final.
La Brangane sopranil de Martina Dike destacó por su enorme talla vocal, que en más de una ocasión llegó a opacar a la protagonista y tuvo un participación decisiva en sus intervenciones del primer acto y en la gran escena amorosa del segundo. Buena labor, aunque un poco unidimensional -también desde lo actoral- del barítono Alfred walker como Kurwenal. Algo rezagados el Rey Marke del bajo finalandés Jyrky Korhonen -otra voz inmensa- y el atenorado Melot de Henry Huchet
La producción, estrenada en la Opera de Ginebra en 2005 bajo dirección del actor Olivier Py (existe grabación comercial en DVD) está llena de imágenes de bizarra belleza, como el constante movimiento escenográfico del primer acto, sugerente de la travesía en barco, el sucesivo cambio de espacios internos durante el segundo, metáfora de todos los estados de ánimo de los amantes. El admirable uso del espacio escenico tiene su corolario al final de la ópera, con los protagonistas, confinados en un mínimo espacio del proscenio, desde donde se alzará un faro mientras Isolda extingue el sonido de su éxtasis convertido en luz. La imagen es de una belleza abrumadora, e imbatible como metáfora teatral.
Donostia
Mis incursiones veraniegas de este año concluyeron en San Sebastian-Donostia, ciudad de irresistible belleza, situada entre mar y montaña, a pocos kilómetros de la frontera francesa. Es un lugar de formas sinuosas y aires inequivocamente burgueses, pero que en ningun momento resulta ajeno o distante al vistante. la presencia del mar, ha determinado el carácter de esta villa irrepetible, con lugares fascinantes como la playa La Concha, en torno a la que Donostia ha modelado su forma y esencia.
San Sebastian es más bien pequeña, pero sabe a poco un fin de semana de escapada entre sus recovecos, paseos, callejuelas o plazas. Es una terapia deliciosa descubrir a pie la diversidad de sus barrios, surfear en la playa de Zurriola, hartarte de pintxos y tragos sin vaciarte los bolsillos o atravesar el puente o el paseo de Kursaal, caminarse en sentido de ida y vuelta el Paseo de La Concha en sus dos alturas: el formal, a lo largo del boulevard en línea de playa y el más aventurado y delicioso, caminando por la arena con la noche como cómplice y las olas acariciándote pies y oídos.
Confieso que me seduce más la impetuosidad oceánica que la aparente y concurrida quietud de las costas mediterraneas. Lo reconozco: ¡soy un alma romántica!.
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