Un Wagner muy ‘gay’

El tenor William Joyner como Arindal
Edgar Villanueva. Paris (Francia).-
Fotos: Marie-Noëlle Robert
La programación del Theâtre du Châtelet de Paris se caracteriza por su declarada anticonvencionalidad. A la curiosidad que despertó el estreno en Francia de Las Hadas (Die Feen) - primera ópera de Richard Wagner, inspirada en la fábula La mujer serpiente, de Carlo Gozzi- se unía el morbo de comprobar la sintonía creativa de un tándem tan ajeno a este repertorio como efectivo al llevar el título a escena: Marc Minkowski en la dirección musical y Emilio Sagi como responsable de la puesta.
Sagi es un profesional de sólido prestigio en España, que brilla con luz propia en el repertorio lírico bufo y la zarzuela. Su acercamiento a esta obra primigenia podría, al menos desde el punto de vista estético, calificarse de “almodovariano”. El impacto visual desplegado en escena hace recordar el universo cromático de una Agata Ruiz de la Prada (por fortuna, no sus diseños). Tal apoteosis de color, con generosos añadidos kitsch y eventuales toques naïve acosa al espectador hasta agobiarle. No hay elegancia, tampoco carnaval, pero la abundancia de fucsias, tornasolados y azules eléctricos resulta muy, pero que muy gay. A ello contribuyen los diseños de vestuario ad-hoc de Jesús Ruiz y el gigantismo tacky de la escenografía de Daniel Blanco. No obstante, el experimento funciona, y en el resultado tiene mucho que ver la ambigua música de un genio que por aquel entonces (1833-1834 ) se buscaba a si mismo como artista integral.

Las sopranos Salomé Haller y Eduarda Melo (atrás) y Christiane Libor (centro) en una escena del segundo acto.
Ya desde la obertura de Las Hadas se encuentran frases germinales de obras posteriores: Lohengrin, Tannhäuser y hasta La Walkiria se insinúan de manera embrionaria. Sin embargo la obra tiene un formato más cercano al de óperas como Der Freischütz (El cazador furtivo) o Euryanthe de Carl Maria Von Weber, compositor romántico alemán que influenció notablemente al joven Richard Wagner.
Para los oídos acostumbrados al Wagner “del Valhalla” resultó sorprendente y hasta gracioso escuchar pasajes de coloratura legata en la escritura vocal del personaje de Lora, a cargo de la soprano Lina Tetruashvili. La extenuante e ingrata parte de Arindal fue asumida con irregularidad por el tenor William Joyner, de voz tímbricamente interesante y comportamiento escénico más que convincente, pero superado por el inhumano rol, que precisa un tenor heroico con gran despliegue en la zona aguda. Como Ada, la protagonista del drama, la soprano Christiane Libor exhibió una voz oscura e importante, con solvencia en todos los registros, vigor y elegancia en su interpretación.
Laurent Naouri como Gernot hizo gala de naturalidad y especial sentido del humor, su voz no es particularmente hermosa ni dotada, pero es un artista que se las arregla para sacar el máximo provecho de los personajes que interpreta. Junto a la Drolla de Judith Gaultier tuvo a su cargo un duetto cómico que es una herencia directa de la escena de Papageno/Papagena en La flauta mágica de Mozart. Tambien destacaron el barítono Laurent Alvaro como Morald, y las sopranos Salomé Haller y Eduarda Melo como Farzana y Zemina, las hadas “malas” (¿brujas?). Decisiva la intervención escénica, no tan contundente en lo vocal, de Nicolás Testé como Rey de las hadas.
Alejado de la sonoridad barroca con la que se le suele identificar, el director de orquesta Marc Minkowski se afianzó como un músico más que cabal y entusiasta. Su agrupación orquestal Les Musiciens du Louvre-Grenoble responde como un instrumento compacto a su intensa expresividad. Cada movimiento, cada indicación de su batuta, se traduce en sonidos luminosos y enérgicos. Arropa a los cantantes sin sepultarlos ni abrumarlos con tempi irrespirables. Muy bien el coro, de participaciones muy comprometidas, sobre todo en los finales del segundo y tercer acto.
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