La capital de la música… ¡y el fútbol!
Edgar Villanueva. Viena (Austria).-
En visitas anteriores, eché de menos en la capital austríaca cierto toque de caos y de locura urbana. Viena es una ciudad cuya hermosura corta el aliento: La catedral de San Esteban, el Hopfburg (Residencia imperial), los palacios rococó de Schönnbrun y Belvedere, museos y teatros son un deleite para el visitante. Pero Viena también puede resultar demasiado aséptica, en un punto inerte y seria hasta la severidad.
Pues bien: el toque de caos ¡bendito caos! lo ha puesto el fútbol: ¡bendita Eurocopa!!!
Caminar por avenidas como el Opernring atestada de fanáticos alentando a sus equipos le ha infundido una vitalidad inusitada al perfil citadino. Pero mi incursión vienesa tenía como propósito presenciar un espectáculo de naturaleza muy distinta. Me causó humor y admiración ver a los policias que custodiaban la Fan Zone con la cara pintarrajeada con la bandera blanquirroja o las señoronas encopetadas que salían a la calle en el intermedio de la ópera para informarse sobre los resultados del partido.
Verdi en la Staatsoper
Leo Nucci en I vespri siciliani. (Foto: Axel Zeininger/Wiener Staatsoper GmbH)
Sin la desenfrenada efusividad de un fanático futbolístico, pero con la misma pasión, fui a la Opera de Viena a ver I vespri siciliani, dirigida por Herbert Wernicke. Un escenario único, dominado por unas escaleras que se hacían interminables y que deben haber puesto a prueba el equilibrio de solistas, coro y figurantes. Se trata de una ópera difícil, algo pesada y bastante larga, con momentos -sólo eso- de verdadera brillantez, sobre todo las escenas en solitario del barítono y de la soprano. La intervención de los solistas estuvo dominada por el Montforte de Leo Nucci. El barítono italiano no tiene los nobles acentos de un Piero Cappuccilli ni la canónica línea de un Renato Bruson, pero su canto seduce porque es el de un artista diáfano, directo: un gran comunicador. Como Elena, la soprano Sondra Radvanovski exhibió un registro valiente , se movió con comodidad en una partitura que lleva la voz a extremos, aunque por pocos momentos la afinación es titubeante. El timbre, de suntuosa oscuridad, recuerda al de la gran Shirley Verret. Como Arrigo, el hawaiano Keith Ikaia-Purdy cumplió, es un tenor de cierta seguridad en los agudos, pero a quien se le reprocharía algo más de “verdianidad” en en el fraseo y cuidado en la línea de canto. El bajo georgiano Paata Burchuladze, con un material vocal que evidencia el paso del tiempo, exhibió un comportamiento algo mecánico, unidimensional y mezquino en matices.
La labor de Miguel Angel Gómez-Martinez frente a la orquesta y el coro de la Staatsoper se mantuvo en parámetros de corrección: tiempos que permitían cantar, pero con tosquedad expresiva en los tutti y las escenas de conjunto. La vitalidad melódica verdiana nunca ha estado reñida con la elegancia.
Nadia Kratseva y Carlos Alvarez en La forza del destino. (Foto: Axel Zeininger)
Inspirada con toda seguridad en algún western de los años 70, la nueva producción de La forza del destino contó con un elenco vocal sobresaliente, encabezado por la soprano sueca Nina Stemme, que hizo una convincente retrato vocal de la protagonista del drama: intensa en “Son giunta, grazie a Dio!” y muy conmovedora en ”La vergine degli angeli”. A su estatura artística estuvo también el barítono español Carlos Alvarez, de fraseo algo rutinario, más pletórico de voz. El tenor Salvatore Licitra lució un timbre armónicamente incompleto para abordar el extenuante rol de Alvaro. Su voz de lírico lleno y la similitud tímbrica con el gran Giuseppe di Stefano (ignoro hasta qué punto fortuita) le llevan a cometer excesos de apertura en la emisión sonora que tanto se le criticaban al desparecido cantante siciliano. Sexy y efectiva la mezzo Nadia Kratseva como Preziosilla y mejor como Marqués de Calatrava que como Padre Guardiano el bajo Alastair Miles. Episódico el Fray Melitone de Tiziano Bracci.
La puesta en escena de David Poutney se apoya demasiado en elementos extra-teatrales que llegan a cansar, sin contribuir a hacer más comprensible la acción. Un vídeo recrea la caída de la pistola y el disparo accidental que hace blanco en la humanidad del padre de la protagonista, y se repite hasta tres veces a lo largo de la ópera. Es insólito que el director escénico no aproveche el juego dramático que brinda la interpretación de dos roles importantes (Marqués de Calatrava y Padre Guardiano) por parte del mismo cantante, a quien ni siquiera caracteriza de manera distinta.
El otro protagonista -y triunfador- de la noche fue el director Marco Armiliato, que condujo con esmalte, nervio y slancio - vale decir: auténtico verbo verdiano- a orquesta, coro y solistas. La ejecución de la célebre obertura fue sencillamente memorable.
Todo para La Diva
Bo Skovhus y Renée Fleming en Capriccio. (Foto: Axel Zeininger)
La esperada puesta de Capriccio, última ópera de Richard Strauss, en una nueva producción a cargo de Marco Arturo Marelli, fue hecha a la medida de la diva Renée Fleming. La elegante soprano estadounidense no defraudó ni mucho menos en una obra y repertorio que le son tan suyos. Hablar de cremosidad, sinceridad, clase y musicalidad en la Fleming es no aportar información nueva. El rol de la Condesa Madeleine no supone un reto desde el punto de vista vocal, pero sí desde el lado interpretativo: al ser una parte tan gentil, refinada y carente de conflictos internos, puede hacerse muy aburrida, sobre todo en una cantante con un sentido limitado del matiz. Pero no es el caso de Fleming, que sabe ser magnética, jovial sin abrumar, y sobre todo, deja que se luzcan los demás sin dejar de brillar ella. También fue la noche de la mezzo Angelika Kirchslanger y del bajo Franz Hawlata, así como del tenor Michael Schade y los barítonos Bo Skovhus y Adrian Eröd. Un elenco compacto, sin fisuras, en una obra de fascinante exquisitez, resuelta con admirable buen gusto – escenografía y vestuario- y donde el puestista lo invierte todo en el lucimiento de la protagonista. No hubo frase, momento o guiño desaprovechado por la diva. Corolario de esa interpretación de sueño, la orquesta dirigida por Philip Jordan, expresiva y delicadísima, desde la prolongada y camerística introducción al mimoso y sutil final. Un verdadero triunfo de la opera “a la vienesa”.
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