Mucho azúcar y poco champagne
Amanda Roocroft y miembros del coro de la ENO en una escena de La Viuda Alegre. (Foto: Clive Barda)
Edgar Villanueva. Londres.-
Cuando escucho un vals me vienen a la memoria las fiestas de quinceañeras en mi Venezuela natal y el recuerdo de mis tías viejas en plan de delicia evocadora. Puede que se trate de un prejuicio, pero a mi el ritmo del tres por cuatro, ese que hizo furor en la Viena romántica y de la Belle Epoque me gusta bien poco o casi nada.
Con este background, me pregunto qué fui a hacer a una función de La Viuda Alegre. La obra, rebosante melodías “entrañables”, me parece cursilísima y edulcorada hasta la diábetes, y si a eso se suma que fue cantada de manera irrelevante… poco tiene a su favor esta nueva producción de la opereta de Franz Lehár en la English National Opera.
La producción de John Copley para la ENO no aporta novedades. Está tratada con profesionalismo y dignidad, pero se recrea demasiado en los lugares comunes que minan a una obra tan popular. La versión escénica es políticamente correcta: sin ninguna audacia, sutileza o guiño a la actualidad, sin buscar empatía con el público más allá de los gags del texto (dicho sea de paso, recitado de manera excelente por los actores). Muy bien la iluminación de Howard Harrison, y absolutamente predecibles la escenografía de Tim Reed y el vestuario de Deirdre Clancy.
Me temo que Amanda Roocroft atraviesa un período de crisis vocal, por no hablar de una prematura decadencia. Hace un par de años, como Tatiana en el Eugene Oneguin de Tchaikovsky en el Covent Garden, se detectaban durezas en su apreciable instrumento. En el rol de Hanna Glawari pone en evidencia notas agrias, emisiones rígidas y flagrantes cambios de color a partir de la octava aguda. Lo mejor de su intervención fue la celebérrima “Vilja”, pero su prestación fue fria, poco comprometida y sin ninguna audacia vocal, siempre tan oportunas en este tipo de repertorio.
Como Camille, el barítono Alfie Boe luce una elegante presencia escénica y temperamento jovial, pero su voz carece de personalidad, es en algunos puntos áfona e incapaz de convencer en sus intervenciones en solitario, además de diluirse en las escenas de conjunto.
La orquesta a cargo de Olivier von Dohnányi fue corresponsable del exceso de glucosa y el sopor: sonidos bonitos, demasiado complacientes y escasamente contrastados. Se sabe que la historia de la Viuda Alegre es superficial y frívola al extremo (una hermosa mujer que salva a un país imaginario de la bancarrota a punta de la herencia de su difunto marido) pero el tratamiento musical merecía algo más de emoción.
Las sorpresas vinierion de la mano de Fiona Murphy como Valencienne, una mezzo lírica en un papel habitualmente atribuido a soubrettes (sopranos ligeras) de muy convincente canto y actuación, y del tenor Philip O’Brien, de voz pequeña, pero absolutamente involucrada en un canto generoso, matizado y de muy buen gusto musical. Fueron estos dos jóvenes cantantes quienes llevaron el peso absoluto de la función.
La ovación más grande de la tarde fue para el comediante Roy Hudd, muy conocido por el público británico por sus intervenciones en la televisión. La versión de esta Viuda no tan alegre fue interpretada en la lengua de Shakespeare, como es habitual en las producciones de la ENO.
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