Talibanes vs. Tannhäuser
Edgar Villanueva. Barcelona (España).-
Nunca he entendido la guerra declarada por un sector de la crítica musical a los directores escénicos de ópera. En lo de achacar todos los males del género a éstos hay mucho de falacia y rigidez mental. Las nuevas lecturas escénicas son indispensables para la supervivencia de una aventura que ya tiene cinco siglos, y nació precisamente como un espectáculo rompedor y vanguardista.
Otra cosa es que en tal renovación se cuelen -y cómo- los oportunistas y mercenarios que se acercan a la ópera sin tener siquiera noción de su complejidad, o aquellos que bajo la premisa de “me cago en la música” o simplemente “la caigo a patadas”, se autoimponen la etiqueta de modernos.
El papel de la crítica no debe ser el de cuestionar la autoridad de un director escénico, como tampoco la de ejercer el talibanismo con argumentos que mal disimulan una abrumante ignorancia. Que un crítico diga que la gente va a un teatro a escuchar (sic) ópera, pone en evidencia cuando menos, posturas de cantante frustrado o criterios ultraconservadores. Aquel que quiere escuchar ópera lo tiene más facil con un lector de CD’s o MP3.
La ópera, -¿hace falta repetirlo?- es un espectáculo que fusiona elementos teatrales, plásticos y musicales en un todo unitario. Es un sofisma asumir la parte como el todo. A un teatro se va tanto a ver como a escuchar, y nadie cuestiona que la voz sea protagonista.
Fascinante interpretación
Otra cosa es que la propuesta seduzca o no. Y más que seductora me pareció la creación de Robert Carsen para el Tannhäuser de Richard Wagner que hasta el 22 de este mes puede verse en el Teatre del Liceu: plena de ideas, renovadora de la acción sin violentarla, auténticamente teatral y respetuosa de la música y los cantantes.
Escena del acto I (foto: Antoni Bofill)
En la interpretación de Carsen, el trovador medieval se convierte en un pintor contemporáneo. La metáfora es muy válida: poeta y pintor son artistas, los dos tropiezan con el problema de la inspiración: fantasma y angustia de todo creador. El director canadiense ha tenido la sensibilidad de hacer más visual el conflicto ético, estético y humano de Tannhäuser.
Quizá lo menos interesante (por muy visto) sea el comienzo del segundo acto, con el aria de Elisabeth “Dich teure halle” dirigida al auditorio con luces encendidas, un recurso que refiere directamente al Don Carlos de la temporada anterior, aunque la solución de Peter Konwitschny, régisseur de aquel montaje, resulte mucho más arbitraria.
El Tannhäuser del tenor Peter Seiffert está muy bien cantado, pese a que la matización del personaje desde lo estrictamente vocal es o muy uniforme o poco relevante. No parece haber progresión dramática entre el hombre que quiere escapar del universo voluptuoso del primer acto y el bagazo humano que cuenta su frustrado viaje y negado perdón en el tercero.
A la soprano Petra María Schnitzer se le recriminó poseer una voz “delgada” para el rol de Elisabeth, y efectivamente es una lírica de instrumento compacto, irreprochable en la interpretación de este personaje más bien unidimensional. Me pregunto si la crítica local, siempre tan documentada, habrá recordado el hecho de que la gran Victoria de los Angeles, que interpretó el rol de Elisabeth nada menos que en Bayreuth, tampoco poseía una voz “robusta”.
Otro es el caso de la Venus de Beatrice Uria-Monzón: voz no wagneriana -¿dónde las hay?-, el elemento que transmite a priori es la sensualidad, su instrumento es de un metal y un color ajenos al gusto alemán, pero su canto es generoso, rico en armónicos y de rara belleza.
Quien si estuvo disminuido en lo vocal, y poco ayudado por la puesta fue el barítono danés Bo Skovhus. Su personaje, pese a tener momentos estelares en la prolongada partitura, se diluyó frente al trío protagonista. Inmejorable debut para el bajo Günther Groissböck, Hermann de voz hermosa e impactante presencia. Muy bien el grupo de cantores (pintores), con un sensible Vicente Ombuena, un excesivamente histriónico Lauri Vasar, un siempre jovial Francisco Vas y un Johann Tilli de contundente presencia.
Rendimiento algo irregular de la orquesta, sobre todo al principio de la ópera, con sonidos “abortados” en los vientos de cobre y poca amalgama en la obertura. Sebastian Weigle equilibró posteriormente las cosas con un segundo acto de antología, sobre todo en la entrada del coro (magnífico en todas sus intervenciones, aunque poco emocionante en el regreso de los peregrinos) y el racconto del protagonista en el tercer acto.
Poética escena final, donde el artista alcanza a resolver su dicotomía moral en la plasmación pictórica de sus dos mujeres, fuentes de inspiración.
Tal vez a Carsen con su lectura le sucedió lo que al protagonista de la ópera: abandonó los ideales por la pragmática. Pero eso es un problema muy de nuestros días. Y así como el cambio de época resultó un acierto, el happy end no le vino para nada mal a este Tannhäuser.
Turismo de Guerra
Mezquita de Mohamed Al Amin en el centro de Beirut
En mis años tiernos de escuela primaria mi bandera favorita era la del arbolito sobre el fondo blanco entre dos franjas rojas. “Es el Líbano”, me decía mi maestra Luisa de Pacheco, y aquello me sonó como una rareza que sin embargo pude memorizar. A treinta y pocos años de aquellas elementales nociones de geopolítica, he tenido el privilegio de visitar la tierra del cedro milenario y bíblico, símbolo de un pueblo maravilloso y sufrido.
La ex “Suiza del Oriente Próximo” conserva poco de esa idílica denominación, sobre todo porque Beirut, su capital, es una ciudad superpoblada y sobreconstruída que todavía exhibe las cicatrices de una feroz guerra civil, y más hacia el sur, convalece aun por las heridas de los salvajes bombardeos israelíes del verano de 2006.
Esta situación ha espantado totalmente el turismo internacional. Y aunque las pérdidas han sido y siguen siendo cuantiosas, el ciudadano beirutí trata de llevar su vida con una frágil normalidad, siempre alerta ante el temor de una nueva escalada bélica.
Líbano es un imposible marcado desde sus orígenes por los conflictos religiosos. A la intransigencia de las posturas entre cristianos y musulmanes que lo retrotraen a la época de las cruzadas, se suma la amenaza de Israel al sur y la de Siria -que no reconoce su independencia, pues sostiene que Líbano es parte de su territorio- abarcando el resto de sus fronteras terrestres. El límite natural hacia el oeste es el Mediterráneo, que en estas latitudes adquiere un color azulísimo.
Rocas de Las Palomas, en La Corniche
Hacia el este, Beirut concentra una población de mayoría cristiana, mientras el sur es -y cómo- predominantemente musulmán. El centro tiene como referencia la monumental mezquita Mohamed Al Amin, y a pesar de su oferta de exclusivos cafés, restaurantes y tiendas de pretigiosas firmas, permanece desierto, custodiado por la policía y apenas visitado por los habitantes de la ciudad. Algo más animado resulta el paseo marítimo de La Corniche, cuya caminata lleva a contemplar el único monumento natural de Beirut: las Rocas de las Palomas. Sectores más concurridos son los de Hamra, una calle comercial ubicada muy cerca de la Universidad Americana, y el barrio residencial de Ashrafieh. La vida nocturna se concentra en la calle Gouraud, en el área de Gemmayze.
Comer en Líbano es un placer nada oneroso. Desde el kebab más humilde hasta el más elaborado plato de carne, las mezze (entradas) o las ensaladas, todo es delicioso. Quien pase hambre en Líbano es porque lo decide. Ni hablar de los dulces: me hice fanático de unos hojaldres rellenos de queso fresco bañados en sirope de rosas que aquello era ver a Dios (o Allah) en cada bocado. Otra experiencia religioso-gastronómica fue visitar el restaurant “Assaha” al sur de Beirut, en pleno feudo de Hezbollah.
Ir de tiendas aquí es irresistible, pues los precios son bastante atractivos, tanto en el lado musulmán (más bullicioso y pintoresco) como el cristiano (más occidental). El vino libanés, cultivado en el Valle de Bekaa, es bastante apreciable, y su café (pulverizado y mezclado con semillas aromáticas de cardamomo) una auténtico placer.
Norte y Sur
Al ser el Líbano un país tan pequeño, recorrerlo en su totalidad es posible si se dispone de al menos una semana. A una hora y media de camino de la capital, hacia el noreste, se encuentran las ruinas romanas de Baalbeck, de apabullante monumentalidad y magnífico estado de conservación.
Ruinas Romanas de Baalbek
Hacia el norte, bordeando el Mediterráneo, y a sólo 20 minutos de Beirut se encuentra el pequeño puerto romano de Byblos. Más arriba, a poco más de una hora de carretera, Trípoli se exhibe como una genuina ciudad del Medio Oriente. Sus espacios son algo más abiertos, y en su enorme y variopinto zouk (mercado) , puede uno pasarse un dia entero viendo, consultando precios y regateando (práctica obligatoria, aunque los precios parezcan baratos) o visitando las fábricas de jabón artesanal, el Hammam, las calles ruidosas y la casa de dulces Al Hallab, la más famosa del país.
En dirección sur, bien vale la pena un breve paseo por Saida (Sidón) , ciudad con un bonito puerto, el Castillo del Mar y un pequeño mercado. Tiro es más grande y populosa, y alberga un pintoresco puerto pesquero y la sede de Universidad Islámica del Líbano. Su principal atracción turística son las ruinas del hipódromo romano, una construcción algo difícil de localizar en un recorrido a pie, rodeada de viviendas civiles, pero de impresionante estado de conservación.
Gradería en el Hipódromo de Tiro
Pese a las adversidades bélicas que han marcado su historia reciente, Líbano sobrevive. Y lo hace con una dignidad admirable. Tanta, que el miedo sobra. Ya busco fechas para regresar.
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