Caprichos de Veterana
Ewa Podlés, Josep Bros y Edita Gruberova, con miembros de la Orquesta y Coro del Gran Teatre del Liceu. (Foto: Antoni Bofill)
Edgar Villanueva. Barcelona (España).-
Edita Gruberova es un fenómeno vocal de larga duración. A cuatro décadas de su debut, la soprano eslovaca (Bratislava, 1946) acaba de añadir un nuevo rol a su lista de heroínas belcantistas: Lucrezia Borgia, de Gaetano Donizetti, en el Teatro del Liceu de Barcelona, donde sus incondicionales se rindieron una vez más a su sinuoso y personalísimo sonido.
Cantante-voz más que intérprete, la evolución artística de Gruberova, respaldada por una técnica perfecta, le ha permitido incursionar en roles más comprometidos, como la Norma de Bellini, (debut en Tokio en 2003) y ahora la atribulada Lucrezia de Donizetti, autor que junto con Mozart, es el más representativo de su repertorio.
La vocalidad de estos personajes no tiene nada que ver con la propuesta de la soprano, que sin embargo logra llevarlos a su terreno con toda una imaginativa gama de recursos: messe di voce, filati, trilli y portamenti … figuras que de alguna manera representan el ”extrañamiento” en el canto, tan propicio a personajes etéreos como Lucia di Lammermoor -caballito de batalla de la cantante- pero cuyo abuso deriva en cierto estatismo y amaneramiento, defectos que a menudo se le achacan a la diva eslovaca.
En los hechos, la Borgia de Gruberova resulta poco villana o demasiado “buena”. Consciente de sus posibilidades, la artista ha sido prudente al abordar la ópera en versión de concierto, pues en escena el experimento simplemente no funcionaría. Hay - eso si- momentos de impagable ostentación técnica, y tal vez sea el final (el aria “M’odi, ah, m’odi” y la grandiosa cabaletta “Era desso il figlio mio”) por bravura, coloratura de cortante precisión y sobreagudos algo destimbrados, pero valientes, lo mejor de su performance. A estas alturas de su carrera, la diva puede permitirse estos caprichos.
Mención aparte para un momento soñado del prólogo: el ataque, de amplísimo aliento, del la bemol en pedal del concertante que cierra la escena.
A su lado, el tenor Josep Bros comenzó muy bien la primera parte, aunque desde el aria “T’amo qual s’ama un angelo” se le notó incómodo y poco espontáneo. Su voz ha ganado en rotundidad sin perder el brillo, en una parte que ya ha cantado anteriormente, con resultados siempre satisfactorios.
La contralto polaca Ewa Podlés fue la otra gran triunfadora, con ese instrumento de registro auténtico, de timbre tan particular, emisión personalísima y color heterodoxo.
Otra sorpresa la obsequió Ildebrando D’arcangelo, bajo cantante de timbre hermoso y claro, vigoroso y juvenil. Su emisión en todos los registros es muy uniforme, y su presencia se echaría de menos en una ópera escenificada.
Muy solvente el coro del GTL en sus numerosas intervenciones, asi como todo el grupo de comprimarios.
Notable labor acompañante la de Stefan Anton Reck al frente de la Orquesta del Teatro del Liceu. Sin exhuberancias tímbricas, su principal mérito estuvo en su empeño por el lucimiento de las voces.
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