Verano atlántico
Lo siento por aquellos viajeros primerizos e ilusos que aun consideran Paris como l’essence de France. Sin ánimos retrógrados, sólo os diré que la capital gala ya no es lo que era. ¡Es que siquiera parece Francia!Ahí estan, es verdad, sus monumentos emblemáticos: la Torre Eiffel, los Campos Elíseos, el Louvre, el Sena, Montmartre, Moulin Rouge, restaurantes y boulangeries, pero con los aires de abarrotamiento y prisas de una ciudad desbordada… de turismo depredador.
Para descubrir la Francia auténtica -o lo que uno cree que es- hace falta desplazarse al ouest, a regiones como la Loire Atlantique, con su capital Nantes, o a Bretaña, con atractivos como Rennes, Mont Saint Michel y Saint Malo, entre otros.
Otrora puerto esclavista y principal conexión de Francia con sus colonias americanas, Nantes es hoy una ciudad estudiantil, exquisita, nada provinciana y de dimensiones discretas. Durante la Edad Media, fue residencia de los Duques de Bretaña: Obligatoria, además de gratuita, resulta la visita al castillo de esta dinastía. Otra opción no menos interesante es descubrir la casa-museo de Jules Verne, hijo ilustre de esta ciudad con una amplia oferta de restaurantes y precios no muy aptos para mochileros, pero de calidad indiscutible.
Si lo que se busca es vida nocturna, Rennes, a una hora y media en tren desde Nantes, destaca no sólo por, no por su aquitectura medieval típicamente bretona, sino porque es una ciudad universitaria por excelencia de la costa atlántica francesa. Es característico, en los meses cálidos, el bullicio de sus calles hasta bien entrada la noche. Los restaurantes y lugares de ocio están repletos de jóvenes marchosos. Desde aquí se puede visitar en excusión de un dia Le Mont Saint Michel, la maravillosa abadía construida sobre un peñasco-islote cuyo acceso está determinado por la acción de las mareas. La intensa -diría abusiva- actividad turística no quita interés a este lugar extraordinario y misterioso, de acceso nada sencillo (secuencia de escaleras interminables hasta llegar a la nave central del monasterio) digno de ser visitado almenos una vez en la vida.
Saint Maló es otra cosa: Fue un puerto de importancia estratégica para los nazis ocupantes durante la Segunda Guerra Mundial, y la ciudad fue virtualmente arrasada por los bombardeos aliados. Ahora, reconstruida en su totalidad, llama al turismo de verano por la belleza y accesibilidad de sus playas y su acogedora atmósfera de ciudad amurallada.
Tristan in situ

Escena del acto II de Tristan e Isolda, en la Cité International des Congrés, Nantes. (Foto: Jeff Rabillon)
Fue todo un descubrimiento apreciar el buen nivel de la Opera de Angers/ Nantes, sobre todo el de su orquesta y coro, capaces de medirse en una obra de titánicas dimensiones como Tristán e Isolda, de Richard Wagner.
La dirección de trazo grueso, en muchos momentos somera, de John Axelrod, no se detuvo en sutilezas ni detalles, como tampoco en imprimir “psicología” a la música. El resultado fue un sonido absolutamente sensorial, colorístico, pero epidérmico.
Aun así, logró momentos de intensa belleza y oscura brillantez, como el gran dúo de los protagonistas en el segundo acto y la Liebestod de Isolda en el tercero.
El tenor Leonid Zakhozhaev, Tristan válido por resitencia, que no por heroismo, pasó la prueba del extenuante rol pero su voz no es ni heroica, ni bella, y más bien velada en casi todo el registro.
La Isolda de Sabine Hogrefe es una voz oscura, por momentos muy metálica, lo que no le permite construir una Isolda sensual, Su canto, fuera de las grandes páginas de este prolongado y maravilloso espectáculo, resultó algo monocorde, con excepción de su interpretación del gran dúo con el tenor, donde lucieron ambos muy entregados y la escena de la muerte, donde desplegó todos los matices y sutilezas que parece haberse guardado para el final.
La Brangane sopranil de Martina Dike destacó por su enorme talla vocal, que en más de una ocasión llegó a opacar a la protagonista y tuvo un participación decisiva en sus intervenciones del primer acto y en la gran escena amorosa del segundo. Buena labor, aunque un poco unidimensional -también desde lo actoral- del barítono Alfred walker como Kurwenal. Algo rezagados el Rey Marke del bajo finalandés Jyrky Korhonen -otra voz inmensa- y el atenorado Melot de Henry Huchet
La producción, estrenada en la Opera de Ginebra en 2005 bajo dirección del actor Olivier Py (existe grabación comercial en DVD) está llena de imágenes de bizarra belleza, como el constante movimiento escenográfico del primer acto, sugerente de la travesía en barco, el sucesivo cambio de espacios internos durante el segundo, metáfora de todos los estados de ánimo de los amantes. El admirable uso del espacio escenico tiene su corolario al final de la ópera, con los protagonistas, confinados en un mínimo espacio del proscenio, desde donde se alzará un faro mientras Isolda extingue el sonido de su éxtasis convertido en luz. La imagen es de una belleza abrumadora, e imbatible como metáfora teatral.
Donostia
Mis incursiones veraniegas de este año concluyeron en San Sebastian-Donostia, ciudad de irresistible belleza, situada entre mar y montaña, a pocos kilómetros de la frontera francesa. Es un lugar de formas sinuosas y aires inequivocamente burgueses, pero que en ningun momento resulta ajeno o distante al vistante. la presencia del mar, ha determinado el carácter de esta villa irrepetible, con lugares fascinantes como la playa La Concha, en torno a la que Donostia ha modelado su forma y esencia.
San Sebastian es más bien pequeña, pero sabe a poco un fin de semana de escapada entre sus recovecos, paseos, callejuelas o plazas. Es una terapia deliciosa descubrir a pie la diversidad de sus barrios, surfear en la playa de Zurriola, hartarte de pintxos y tragos sin vaciarte los bolsillos o atravesar el puente o el paseo de Kursaal, caminarse en sentido de ida y vuelta el Paseo de La Concha en sus dos alturas: el formal, a lo largo del boulevard en línea de playa y el más aventurado y delicioso, caminando por la arena con la noche como cómplice y las olas acariciándote pies y oídos.
Confieso que me seduce más la impetuosidad oceánica que la aparente y concurrida quietud de las costas mediterraneas. Lo reconozco: ¡soy un alma romántica!.
Una fábula que invita a soñar

Escena del acto II de Turandot
Edgar Villanueva. Barcelona (España).-
Tomo prestada la frase que titula esta reseña de unas declaraciones de Ghena Dimitrova, a quien tuve el honor de entrevistar en Caracas en 1995. La desaparecida soprano búlgara -última gran intérprete de Turandot- me detalló por entonces su visión personal del rol que abordó tantas veces en los mejores teatros del mundo. Para ella, la mayor dificultad que planteaba Turandot no era solamente vocal, sino dramatúrgica, pues hacer creíble al personaje suponía una tarea enorme, que iba mucho más allá del “cantar bien”.
La historia de la princesa china que desprecia el amor y decapita a sus pretendientes tiene mucho de espectáculo hollywoodiense: auna grandilocuencia, melodismo y el elemento exótico que fascinaba a Puccini. La ópera fue estrenada en 1926, dos años depués de la muerte del compositor, que no pudo terminarla. Fue completada por Franco Alfano, quien trabajó sobre escasos esbozos puccinianos, pero no pudo resolver el problema de la “humanización” de la protagonista. En un final propio de culebrón, la cruel y helada mujer se transforma -por obra de un beso y seis secos acordes- en una dócil chica enamorada. Un happy ending tan poco convincente que ha sido y sigue siendo un quebradero de cabeza para músicos y directores escénicos.
Nuria Espert tampoco ha logrado resolver el problema de la última obra Giacomo Puccini. En esta producción, concebida para la reapertura del Gran Teatre del Liceu en 1999, la actriz-directora no renuncia a la espectacularidad ni a la convencionalidad, garantizadas por el tándem Frigerio/Squarciapino, creadores de suntuosos diseños de escenografía y vestuario. Su dirección escénica plantea una idea rectora de fuerte impronta femenina, con imagenes contundentes y de bizarra belleza (El verdugo es una mujer, las niñas del reino son adoctrinadas para rechazar a los hombres y hasta juegan a la pelota con la cabeza de una de las víctimas). Pero su aporte más polémico es plantear el suicidio del personaje titular como solución a la imposibilidad de amar que sufre la malvada principessa.
Solistas
La soprano ucraniana Anna Shafayinskaia lució una voz de exhuberante oscuridad, con generoso squillo y algún episódico titubeo con la afinación en frases comprometidas como “Quel grido e quella morte” de su aria de presentación. Pero convenció no sólo por sus importantes medios, sino por un muy válido y coherente enfoque del carácter de la princesa china. Su Turandot no es una mujer rígida ni helada, ni una serpiente o mantis religiosa: Es mas bien una mujer que vive bajo el terror que le ocasionan sus propios complejos. En este sentido, sorprendió y sedujo la humanidad de su personaje. Todo un hallazgo que patenta la solvencia de esta atractiva artista. La claridad de sus ideas dramáticas ayudó a hacer un poco más creíble el arbitrario suicidio marcado por la dirección escénica, que sigue siendo tan poco convincente como el final feliz planteado por el argumento original.
Como Calaf el tenor genovés Fabio Armiliato exhibió una vez más sus generosos recursos como experimentado cantante de este repertorio. Su línea de canto es valiente, el fraseo genuinamente italiano y su credibilidad escénica completa. Mención aparte para un “Nessun Dorma” bordado por una voz que ha ganado armónicos en todo el arco sonoro, y que mantiene su habitual frescura, espontaneidad y amplitud de aliento en los agudos.
La soprano Norah Ansellem debutaba en el Liceu como Liù. Su voz es la de una lírica en la línea de una Ileana Cotrubas con algo más de color y densidad. Desde sus frases iniciales desplegó una riquísima gama de matices: messe di voce, filados y piani de gran ostentación técnica. Su manera de cantar, no obstante, es excesivamente almibarada, y recuerda por ciertos amaneramientos a cantantes del pasado como Toti dal Monte o Bidu Sayao.
El bajo Giorgio Giuseppini encarnó un Timur de voz importante, aunque no siempre homogénea en los extremos (frases del primer acto como “Aiuto! non c’e voce umana che muova il tuo core feroce?”). Muy convincente en la escena de la muerte de Liù, la posterior confrontación con Calaf y la procesión que cierra la escena más emotiva y culminante de la ópera.
Irrelevante desde lo vocal el Ping de Gabriel Bermúdez, superado por los tenores Eduardo Santamaría (Pang) y Vicenç Esteve(Pong). Honestas las intervenciónes de Philip Cutlip como el Mandarín y de Josep Ruiz como el Emperador. Admirable intervención del coro, con una muy atractiva cuerda de contraltos y alguna pérdida de homogeneidad en los más expuestos agudos sopraniles. Nimio detalle frente a un trabajo que en conjunto refleja gran seguridad musical.
Giuliano Carella asumió nuevamente -ya lo había hecho en 2005- de manera poco ortodoxa la dirección musical de esta producción. La batuta fue mezquina en sutilezas, con sonidos asordinados en las cuerdas y marcados decibelios en la percusión. Con todo, dejó a los cantantes lucirse, misión primordial de un director de ópera.
Hoy es Dia de San Antonio

En un dia como este me gustaría estar en Lisboa. Siento así como el morbo marujil, con vagos toques de envidia solterona, por presenciar la gran ceremonia que homenajea al “santo del amor” en la capital Lusa: las bodas colectivas. Y es que eso de multiplicar el juramento amoroso y volverlo espectáculo me seduce… Qué le voy a hacer, ¡me encanta un show!
Bromas aparte, mi culto por San Antonio (de Padua porque vivió y murió allá, de Lisboa porque nació ahí) viene de una plegaria respondida -cómo no- en un momento particularmente difícil de la vida de quien esto escribe. De la fe católica en la que fui educado lo que tal vez permanezca en mí es ese sentido intensamente teatral y dramático del rito. Cambié la iglesia por un teatro de ópera, a San Juan Evangelista por Plácido Domingo y a la Virgen Milagrosa de las medallitas por Renée Fleming… y confieso que no me arrepiento.
Sólo San Antonio ha sobrevivido a tan particular y arbitrario sincretismo, pues de hecho, es el único santo que motiva en la actualidad mi visita a un templo. El porqué es un misterio que no me interesa descubrir. Tal vez estribe en el magnetismo que me genera la bondad como abstracción, su vida viajera y pobre, sus prédicas inútiles y su muerte, relativamente joven. Leyendo sobre él me parece que fue algo así como un James Dean de su época.
Sobre la visita a la Basílica en Padua ya he escrito anteriormente en este blog (ir a la entrada “Capodanno en el Veneto” de Febrero de 2008). A quienes quieran descubrir los orígenes del Santo, su aspecto menos conocido y humilde, entonces deben visitar su capilla en Lisboa, a sólo unos pasos de la catedral (Sé) de la ciudad. Es un sitio donde se respira el bien, un lugar humilde, simplón, pero con una magia cercana y tangible. Llegar y sentir esa abrumante paz es una experiencia única. Ahora, pedirle amor es otra cosa… aunque si uno se ha portado bien (con uno mismo, principalmente), debería esperar el milagro.
Zarzuela a la provenzal

Coro y solistas en la escena final de Mireille, de Charles Gounod
Edgar Villanueva. Marsella (Francia).-
Fotos: Christian Dresse
Poco conocida y escasamente representada fuera de Francia, la Mireille de Charles Gounod es una obra que concentra su atractivo ya no en su melódica partitura, sino en el carácter “exótico” de sus ocasionales producciones escénicas.
Inspirada en el poema provenzal Mireio de Fréderic Mistral, publicado en 1854, la ópera de Gounod fue estrenada en el Theatre Lyrique de Paris una década después. La génesis fue bastante problemática, tal vez por ser un proyecto demasiado ambicioso (fue concebida como una gran ópera en cinco actos, y luego reducida a tres) y propone una visión genuina, -tal vez demasiado localista y cerrada- de lo esencial provenzal. La Provenza es una región de la Francia mediterránea con personalidad, geografía e idioma propios (la lengua tiene cierto parecido con el catalán).
La acción de Mireille se desarrolla en Arles y su argumento es mas bien sencillo, tipo culebrón: una niña de familia acomodada se enamora de un humilde -pero honesto- tejedor de cestas. El sentimiento no logra superar los prejuicios del padre de ella. Tras muchas vicisitudes, la heroína muere después de atravesar un arenal adonde debía ir para reeencontarse con su amado, herido por los celos de un tercero en discordia.
La obra contiene elementos de intenso color local, que la acercan -y cómo- a la zarzuela española, sobre todo en las escenas de conjunto, que reproducen festividades autóctonas y cantos tradicionales.
La versión propuesta por la Opera de Marsella, a cargo del director escénico Robert Fortune, fue más bien tradicional, opción tal vez irrenunciable a la hora de llevar a escena una obra de este tipo. No obstante, pudieron haberse evitado ciertos detalles demasiado ingenuos o rayanos en el mal gusto (la “elevación” del altar y la imagen de la virgen en la escena de la iglesia al final de la ópera). Muy vistoso el vestuario, de pretensiones autenticistas. El arraigo de esta obra en la zona es tal que había incluso entre el público familias enteras vestidas a la usanza provenzal. Verbi gratia: espectáculo en el escenario y fuera de él.

Marie -Ange Todorovich (Taven) y Hye Myung Kang (Mireille) en una escena del primer acto.
En el rol titular la soprano coreana Hye Myung Kang lució un temperamento intensamente lírico, la voz en ciertos momentos recuerda a la de Barbara Hendricks por sus puntos débiles: blancura y afonía en el registro medio y grave, además de un ligero pero controlado vibrato. El timbre, no obstante, es más bello que el de la soprano de Arkansas.
Mucho más interesante desde el canto fue el tenor Sébastien Guèze como Vincent. Compensa una emisión algo ácida con un canto entregado, valiente y muy juvenil. La triunfadora de estas funciones fue la mezzo Marie Ange Todorovich en el personaje de la bruja Taven, rol complejo, también muy cercano a algunas partes características de la zarzuela. Complementaron muy adecuadamente el elenco tout français los barítonos Lionel Lothe como el villano Ourras y Alain Vernhes como Ramon, el cruel padre de la heroína. Coro poco homógeneo, y orquesta atenta, de sonoridad en ocasiones muy suntuosa, dirigida por Cyrill Diedrich. Este director, junto al puestista en escena, fue corresponsable del insólito corte del aria “O légère Hyrondelle” que es, irónicamente, la pieza más famosa de esta ópera. La mutilación se justificó con el argumento de que la pieza fue añadida con posterioridad al estreno de la obra y no se corresponde con la versión original, que era la que se escenificaba para la ocasión en L’Opéra de Marseille.
Maratón por parejas

Sarah Connolly (Dido) y Lucy Crowe (Belinda) en una escena de Dido y Eneas
Edgar Villanueva. Londres (Reino Unido).-
Presenciar tres óperas en un dia es una hazaña que iguala la pasión del operómano con la del fanático del fútbol. Sin embargo, una jornada maratónica en un teatro de nivel de la Royal Opera House es festín memorable, por los estándares cualitativos de la compañía, solistas, orquesta y coro y la diversidad estilística de los programas ofrecidos.
Comienzo con un dato insólito: era la primera vez que el coliseo de Covent Garden escenificaba en producción propia una ópera tan inglesa como Dido y Eneas, de Henry Purcell. En el rol titular, la mezzosoprano Sarah Connolly sacó partido de todos los rincones dramáticos y aspectos contradictorios del rol de Dido, con un final -el aria “When I am laid in earth”- de tocante patetismo. A su lado, la soprano Lucy Crowe fue una Belinda diáfana, transparente, contrapeso ideal para la atribulada e infeliz reina de Cartago.
Eneas atlético y algo ausente del barítono Lucas Meachem, maléfica y oscura la hechicera de la mezzo Sara Fulgoni, y en un punto cómicas las brujas de Eri Nakamura y Pumeza Matshikiza (fue una solución genial presentarlas como siamesas).
El planteamiento escénico del coreógrafo Wayne Mc Gregor tiene el mérito de presentar el drama con una sencillez casi didáctica, sin caer en tentaciones dancísticas que sin embargo cuadran a la perfección en el segundo título del doble programa: el drama pastoril Acis y Galatea, de Georg Friedrich Haendel.
Aquí debutaba la soprano estadounidense Danielle de Niese, especializada en el repertorio barroco, de encantadora voz y muy oportunas dotes de bailarina. La caracterización la acribilló al imponerle una peluca rubia en lugar de aprovechar la morena y étnica belleza de esta cantante de raíces australianas. El tenor Charles Workman tuvo a su cargo el rol del amante Acis y el privilegio de cantar el trozo más hermoso de la obra: el aria “Love in her eyes sits playing”. Como el grandullón Polifemo, el bajo Mathew Rose exhibió una contundente presencia vocal, que venía como un guante al rol que interpretaba. De agradecer el trabajo del Royal Ballet en esta obra de formato más bien pequeño, que es una sucesión intercalada de arias, recitativos y ocasionales dúos. Admirables la plasticidad y vigor del joven bailarín Paul Kay en la parte de Corindon.

Danielle De Niese y miembros del Royal Ballet de Londres en Acis y Galatea
Mezquinos aplausos para la Orchestra of the Age of Enlightment, dirigida por Christopher Hogwood, que sin embargo fue un acompañante atento y muy sobrio en los títulos que componían este doble programa, que conmemoraba los 350 años del nacimiento de Purcell (1659) y el 250º aniversario del fallecimiento de Haendel (1759).
Romeo y Julieta
La programación de I Capuleti e I Montecchi coincidió con el reciente lanzamiento de la grabación comercial que el sello Deustche Grammophon hizo de este conocido aunque poco frecuentado título del compositor siciliano Vincenzo Bellini (1801-1835) , con la misma pareja de las funciones londinenses: la soprano rusa Anna Netrebko y la mezzo letona Elina Garanca. La producción, ya añeja, fue la de Pier Luigi Pizzi estrenada en la ROH en 1984 y también vista en el Teatro la Fenice de Venecia a principios de los 90 con Katia Ricciarelli y Diana Montague como Giulietta y Romeo, respectivamente.
Los espacios columnados que reflejan vistas de los edificios más emblemáticos de Verona son opresivos y oscuros: llegan a cansar al espectador, no obstante la brevedad de algunos cuadros y la melódica riqueza de la música belliniana. La iluminación, planteada en bloque y con pocos matices, parece divorciada totalmente del concepto original de la puesta.
Anna Netrebko lució una voz de oscura y penetrante belleza, temperamento genuino y rotundamente lírico, pero como intérprete aun se busca a sí misma. Su canto suena mucho al de otras colegas de la cuerda, como por ejemplo, al de su admirada Mirella Freni. Resuelve las frases largas con solvencia, sin prodigios de matiz (piani trabajosos, pianissimi insinuados, nunca logrados), pero se admira la convicción en la construcción general de este personaje unidimensional, que en toda la obra parece siempre llorar cantando.
La Garanca posee un timbre aterciopelado, que en el grave-medio recuerda, precisamente por este atributo, a la desaparecida Lucía Valentini Terrani. La zona aguda está muy bien resuelta, y es fascinante la gama de colores desplegados en el aria “Se Romeo t’uccisse un figlio” y la posterior cabaletta “La tremenda, ultrice spada”. Su belleza física, muy femenina, llega a convencer teatralmente, pues caracterizada parece un verdadero muchacho enamorado.

Netrebko y Garanca como Giulietta y Romeo
Como Tebaldo, el tenor argentino Darío Schmunck realizó un trabajo musicalmente irreprochable en el aria “E serbato quest’acciaro” y su cabaletta “L’amo tanto è m’è si cara”. Se echó de menos alguna audacia en una voz tan saludable. Muy profesionales el Capellio de Eric Owens y el Lorenzo de Giovanni Battista Parodi, papel algo episódico y por demás bastante ingrato.
La orquesta de la Royal Opera, dirigida por Mark Elmer, confrontó algún altibajo decibélico, sobre todo en las escenas de conjunto. Sus tempi flexibles permitieron a los cantantes lucirse, en particular a las prime donne protagonistas.
Un Wagner muy ‘gay’

El tenor William Joyner como Arindal
Edgar Villanueva. Paris (Francia).-
Fotos: Marie-Noëlle Robert
La programación del Theâtre du Châtelet de Paris se caracteriza por su declarada anticonvencionalidad. A la curiosidad que despertó el estreno en Francia de Las Hadas (Die Feen) - primera ópera de Richard Wagner, inspirada en la fábula La mujer serpiente, de Carlo Gozzi- se unía el morbo de comprobar la sintonía creativa de un tándem tan ajeno a este repertorio como efectivo al llevar el título a escena: Marc Minkowski en la dirección musical y Emilio Sagi como responsable de la puesta.
Sagi es un profesional de sólido prestigio en España, que brilla con luz propia en el repertorio lírico bufo y la zarzuela. Su acercamiento a esta obra primigenia podría, al menos desde el punto de vista estético, calificarse de “almodovariano”. El impacto visual desplegado en escena hace recordar el universo cromático de una Agata Ruiz de la Prada (por fortuna, no sus diseños). Tal apoteosis de color, con generosos añadidos kitsch y eventuales toques naïve acosa al espectador hasta agobiarle. No hay elegancia, tampoco carnaval, pero la abundancia de fucsias, tornasolados y azules eléctricos resulta muy, pero que muy gay. A ello contribuyen los diseños de vestuario ad-hoc de Jesús Ruiz y el gigantismo tacky de la escenografía de Daniel Blanco. No obstante, el experimento funciona, y en el resultado tiene mucho que ver la ambigua música de un genio que por aquel entonces (1833-1834 ) se buscaba a si mismo como artista integral.

Las sopranos Salomé Haller y Eduarda Melo (atrás) y Christiane Libor (centro) en una escena del segundo acto.
Ya desde la obertura de Las Hadas se encuentran frases germinales de obras posteriores: Lohengrin, Tannhäuser y hasta La Walkiria se insinúan de manera embrionaria. Sin embargo la obra tiene un formato más cercano al de óperas como Der Freischütz (El cazador furtivo) o Euryanthe de Carl Maria Von Weber, compositor romántico alemán que influenció notablemente al joven Richard Wagner.
Para los oídos acostumbrados al Wagner “del Valhalla” resultó sorprendente y hasta gracioso escuchar pasajes de coloratura legata en la escritura vocal del personaje de Lora, a cargo de la soprano Lina Tetruashvili. La extenuante e ingrata parte de Arindal fue asumida con irregularidad por el tenor William Joyner, de voz tímbricamente interesante y comportamiento escénico más que convincente, pero superado por el inhumano rol, que precisa un tenor heroico con gran despliegue en la zona aguda. Como Ada, la protagonista del drama, la soprano Christiane Libor exhibió una voz oscura e importante, con solvencia en todos los registros, vigor y elegancia en su interpretación.
Laurent Naouri como Gernot hizo gala de naturalidad y especial sentido del humor, su voz no es particularmente hermosa ni dotada, pero es un artista que se las arregla para sacar el máximo provecho de los personajes que interpreta. Junto a la Drolla de Judith Gaultier tuvo a su cargo un duetto cómico que es una herencia directa de la escena de Papageno/Papagena en La flauta mágica de Mozart. Tambien destacaron el barítono Laurent Alvaro como Morald, y las sopranos Salomé Haller y Eduarda Melo como Farzana y Zemina, las hadas “malas” (¿brujas?). Decisiva la intervención escénica, no tan contundente en lo vocal, de Nicolás Testé como Rey de las hadas.
Alejado de la sonoridad barroca con la que se le suele identificar, el director de orquesta Marc Minkowski se afianzó como un músico más que cabal y entusiasta. Su agrupación orquestal Les Musiciens du Louvre-Grenoble responde como un instrumento compacto a su intensa expresividad. Cada movimiento, cada indicación de su batuta, se traduce en sonidos luminosos y enérgicos. Arropa a los cantantes sin sepultarlos ni abrumarlos con tempi irrespirables. Muy bien el coro, de participaciones muy comprometidas, sobre todo en los finales del segundo y tercer acto.
La ópera imposible
Escena del acto II de “Un Ballo in Maschera” de G. Verdi en el Teatro Real de Madrid (Foto: Javier del Real).
Edgar Villanueva. Madrid (España).-
Resulta muy difícil, cuando no imposible, realizar una ópera como Un Ballo in Maschera de manera 100% satisfactoria. Más allá de las dificultades planteadas a los solistas, a la orquesta y el coro, su música está plena de ambivalencias, claroscuros, colores vivos y tonos brillantes, pero también tambien negritud en cargas equivalentes. Tal polarización de sonidos, de situaciones que pasan de lo trágico a lo cómico, de lo sublime a lo patético, es sumamente ardua de preparar, asimilar y proyectar. El Verdi de las efusiones épicas cede aquí ante el creador de atmósferas íntimas, delicadeza y finura en los tejidos orquestales y vocales.
Ballo siempre ha logrado mentenerse en repertorio, con mayor o menor arraigo. Su historia, la de un monarca enamorado y secretamente correspondido por la esposa de su mejor amigo tiene mucho de humana y auténtica, aunque el tratamiento resulte en un punto naïve y old fashioned frente a la acomodaticia flexibilidad moral de nuestros dias.
Esta nueva producción que inauguró la temporada 2008-2009 en el Teatro Real (en coproducción con la Royal Opera de Londres) se vió lastrada por la cancelación por enfermedad del barítono Carlos Alvarez, uno de los elementos más atractivos de un elenco multiestelar. En su lugar, Marco Vratogna lució una voz y una manera de cantar que recuerdan al cantante italiano Mario Sereni, por su ataques valientes, el tamaño compacto del instrumento y un fraseo incisivo. La voz no es generosa ni en fiato ni en armónicos, pero el canto es motivado y Vratogna tiene un rostro muy teatral.
La Amelia de la soprano Victoria Urmana luce la imponente ostentosidad de su registro central, con agudos algo heterogéneos en un enfoque que recuerda hasta en sus aspectos más cuestionables al de la soprano italiana Anita Cerquetti, un epígono de Callas. Si el canto de Urmana es técnicamente irreprochable, teatralmente resultó difusa, echándose de menos un poco más de expresividad en su interpretación.
Marcelo Alvarez construye su personaje en base a la belleza tímbrica del canto, con una emisión aguda siempre indietro. Tuvo detalles de muy buen gusto musical, como bajar a la octava grave -tal como está escrito- los versos que cierran las dos estrofas del “Di tu se fedele”. En cuanto a matices, su rol -de una apabullante complejidad para hacerlo creíble- sufrió de una persistente monocromía y eventual monotonía. La voz empasta muy bien con la de la soprano, aunque las diferencias de tamaño eran más que audibles, a favor de Urmana.
Seductora la oscuridad del timbre de la mezzo Elena Zaremba como Ulrica, aunque no evitó remates algo vulgares (nulla ascondersi potrá….) y sonidos abiertos que caricaturizaban vagamente al personaje.
Encantador el Oscar de Alessandra Marianelli, y bien, sólo desde lo vocal, el Silvano de Borja Quirze, nulo actor en una parte a la que pudo haberle sacado mejor partido. Muy bien el coro, sobre todo las voces graves masculinas (extraordinarios los coros de congiurati) y la orquesta conducida por Jesús López Cobos, con sonidos tendientes a la morosidad y la transparencia, con menor compromiso hacia los apectos más oscuros del drama.
La puesta en escena firmada por Mario Martone es tradicional y ”de cine”, que no quiere decir cinematográfica. El traslado de época -del Boston colonial del siglo XVIII a mediados del siglo XIX- resulta un aporte únicamente estético, a excepción del acto II, que recuerda a oscuros filmes del neorrealismo italiano. Inexistente la dirección de actores.
Fuera de la escena, la sorpresa vino al leer el programa de mano y la ampulosa, prepotente e insufrible traducción al castellano del texto de la ópera. Que traducir versos, y en particular de la ópera romántica italiana -plenos de arcaísmos y lugares comunes- es tarea harto difícil no es ninguna novedad. Pero justificar una labor rebosante de desatinos en tres páginas y encima disfrazarla de discurso erudito es subestimar al lector. Sobran los títulos académicos cuando se conoce el oficio.
El regreso de La Reina
Hace poco me compré el último CD de Donna Summer, “Crayons” y experimenté una nostálgica regresión: año 1978, plena efervescencia del disco-music, bailes frenéticos sobre agitadas melodias dulzonas de marcado acento erótico. Un estilo en el que la diva en cuestión fue soberana indiscutible e indiscutida.
Por entonces, La Pantera de Boston protagonizaba el film Thank’s God it’s Friday, toda una declaración de principios del hedonismo discotequero de la época. Con apenas 11 años, comenzaba yo a sentir una irresistible fascinación por aquella aquella música.
En Estados Unidos, sin embargo, la música disco significó mucho más que bailes y discotecas, lugares sacralizados por nuestro imaginario púber. Era también sinónimo de liberación sexual -tal vez mucho más transgresora que la de los años 60 (no soy sociólogo)- lujo kitsch, trajes extravagantes y ríos de cocaína.
Para quienes nos asomábamos a la adolescencia el disco llenaba una necesidad fundamental: bailar. Y fueron las melodías impagables de su reina las que nos prodigaron esa fugaz felicidad, con sus inolvidables himnos “I feel love” “Last dance”, “Mac Arthur Park” y “On the Radio”, entre otros.
Entre “Love to love you Baby”, su primer gran éxito -donde simulaba una inefable secuencia de 19 orgasmos- y “No more tears” a dúo con Barbra Streisand, la Diosa del amor -otra de sus denominaciones- permaneció en la cresta de la ola durante al menos 5 años.
Tras su conversión religiosa (ignoro hasta qué punto influida por su segundo marido, Bruce Sudano) su exitoso aliento comienza a decaer. Sus productores, los legendarios Pete Bellote y Giorgio Mororder, fueron sustituidos episódicamente por otra leyenda, Quincy Jones. También Casablanca, su sello discográfico de toda la vida, fue relevado por Geffen Records.
De esta época se recuerdan discretos éxitos como “The Wanderer”, “State of independence” y la muy comercial “She works hard for money”, que nunca llegaron a los niveles de su época precedente. A mediados de los 80 se producen unas explosivas declaraciones -nunca reconocidas- en las que supuestamente justificaba la epidemia del sida como un “castigo divino” al “depravado comportamiento” de los gays.
La comunidad homosexual reaccionó con la ejecución simbólica de la que había sido su diva arquetípica. Su nombre fue literalmente borrado del mapa gay universal. En numerosas entrevistas la cantante ha negado el hecho hasta las lágrimas, pero lo cierto es que el episodio resulta aún hoy muy confuso y sus argumentos poco convincentes.
Sus tentativas de regreso han sido muchas. En el verano de 95 promovió su espectáculo “Endless Summer” en el Festival de Ravinia en Chicago, y en 2000 realizó una discreta gira europea con el single “I’ll go with you”, versión en pop en inglés del éxito “Con te partiró” de Andrea Bocelli.
En su largo y controversial proceso de reivindicación Donna Summer se ha convertido en abuela y artista plástica. Sus cuadros cotizan relativamente bien en el mercado, y ahora con este último CD parece que su retorno es un hecho. A diferencia de numerosas y posteriores starlets, la Summer posee el raro privilegio de conservar su voz intacta. Se le escucha tan bien en vivo como en una grabación de estudio, tal es su capacidad de comunicación. Ha pasado el tiempo, y las iras de los gays parecen haberse aplacado bajo el lema “maricas, no rencorosas”.
El nuevo CD hace justicia a su nombre: cada uno de los 13 temas tiene un estilo y un color particular. El menos interesante es precisamente el que le da título, “Crayons”, a ritmo de reggae. Otros, como “Mr. Music”, nos acercan a la Donna Summer clásica, y “Stamp your feet” y “Drivin’ down Brazil” ponen de manifiesto que lo más destacable de esta nueva aventura artística de la diva de Boston son su versatilidad, musicalidad extraordinaria y sentido de la persistencia. Mujer caleidoscópica, diva reivindicada, artista plástica… Donna Summer es y ha sido la protagonista de su propia e irrepetible leyenda.
Mi amigo el tenor
Aquiles Machado y Krassimira Stoyanova en una escena de Luisa Miller de Verdi en el Liceu de Barcelona. (Foto: Antonio Bofill).
Conocí a Aquiles Machado en abril de 1993, en ocasión de unas clases magistrales que la soprano Katia Ricciarelli impartió en Caracas. Se hablaba entonces de un jovencito con un “diamante en la voz” y otras definiciones hiperbólicas tan propias de la latitud tropical.
Es imposible olvidar el impacto de aquella voz de belleza arrebatadora, musicalidad apabullante y rotundidad casi perfecta. A la emisión insolente y entusiasta se aunaba un timbre de inaudita frescura: Aquiles era voz… ¡Y qué voz!!!
Todo el mundo quería apadrinar a aquel gordito de rostro hermoso, tímido a punto de complejo y de maneras inequívocamente provincianas que se despachaba a cantar el brindis de La Traviata con una Ricciarelli en declive, pero que se reveló como una profesora interesante. Con semejante madrina hizo su primer concierto en Italia ese mismo año.
Pero sus aspiraciones académicas no se orientaban a la tierra del bel canto, sino a España, a donde se desplazó a cursar estudios con Alfredo Kraus, ya entonces mito viviente, con quien estudió las claves de la técnica vocal.
En diciembre de 1998 obtuvo un clamoroso éxito en el Teatro Real de Madrid en unas inolvidables representaciones de La Bohéme, de Giacomo Puccini. Fue el inicio de una carrera internacional que lo ha llevado a escenarios tan prestigiosos como la Scala de Milán, la Opera de Viena o el MET Nueva York.
Para unos pocos inconformes su voz sonó siempre demasiado pueril. La lógica progresión de su carrera le ha llevado a asumir riesgos que se han traducido en un timbre más oscuro, viril, pero a costa de sacrificar la espontaneidad y lozanía de aquellos primeros años que tal vez han transcurrido demasiado rápido.
Es evidente que el abordaje de nuevo repertorio (Pollione en Norma, Enzo en La Gioconda) le ha pasado factura al material vocal. Pero es imposible que una voz suene igual toda la vida. Y con la curiosidad de escucharlo en el rol de Rodolfo, protagonista masculino de la Luisa Miller de Verdi me acerqué a Teatro del Liceu de Barcelona, donde el tenor compartó escenario con la soprano Krasimira Stoyanova, el barítono Roberto Frontali y los bajos Giacomo Prestia y Samuel Ramey, bajo dirección de Maurizio Benini y una puesta más bien convencional de Gilbert Defló.
Me fascinó encontar a un Aquiles Machado mucho más cantante, técnicamente hablando. Cuida el fraseo con conocimiento de estilo y maneja las medias voces con destreza y buen gusto. Ya no se regodea exclusivamente en la belleza del sonido propio, y aunque por momentos la emisión resulte excesivamente “empujada”, la voz está ahí, sin dejarse sepultar en los tutti. No perdió el vigor en las cabalettas “L’ara o l’avello” y en la muy dramática “maledetto il di ch’io nacqui”.
Rodolfo es para nuestro tenor una suerte de segundo nombre, pues esta semana vuelve a interpretar otro Rodolfo: el protagonista de La Bohéme pucciniana -su ópera fetiche- en el Festival de Peralada, cerca de Gerona. A finales de este año asumirá en Caracas el papel de Cavaradossi en Tosca, junto a la soprano compatriota Inés Salazar.
Es consciente de que su canto no es igual al de hace una década. Y de que sería absurdo buscar aquel mismo sonido. Aquiles el tenor ha cambiado. Y tampoco es más un muchachito tímido asustado de su propio talento, sino todo un hombre de mundo que conserva -eso si- la seductora cordialidad que retrata fielmente su origen venezolano.
La capital de la música… ¡y el fútbol!
Edgar Villanueva. Viena (Austria).-
En visitas anteriores, eché de menos en la capital austríaca cierto toque de caos y de locura urbana. Viena es una ciudad cuya hermosura corta el aliento: La catedral de San Esteban, el Hopfburg (Residencia imperial), los palacios rococó de Schönnbrun y Belvedere, museos y teatros son un deleite para el visitante. Pero Viena también puede resultar demasiado aséptica, en un punto inerte y seria hasta la severidad.
Pues bien: el toque de caos ¡bendito caos! lo ha puesto el fútbol: ¡bendita Eurocopa!!!
Caminar por avenidas como el Opernring atestada de fanáticos alentando a sus equipos le ha infundido una vitalidad inusitada al perfil citadino. Pero mi incursión vienesa tenía como propósito presenciar un espectáculo de naturaleza muy distinta. Me causó humor y admiración ver a los policias que custodiaban la Fan Zone con la cara pintarrajeada con la bandera blanquirroja o las señoronas encopetadas que salían a la calle en el intermedio de la ópera para informarse sobre los resultados del partido.
Verdi en la Staatsoper
Leo Nucci en I vespri siciliani. (Foto: Axel Zeininger/Wiener Staatsoper GmbH)
Sin la desenfrenada efusividad de un fanático futbolístico, pero con la misma pasión, fui a la Opera de Viena a ver I vespri siciliani, dirigida por Herbert Wernicke. Un escenario único, dominado por unas escaleras que se hacían interminables y que deben haber puesto a prueba el equilibrio de solistas, coro y figurantes. Se trata de una ópera difícil, algo pesada y bastante larga, con momentos -sólo eso- de verdadera brillantez, sobre todo las escenas en solitario del barítono y de la soprano. La intervención de los solistas estuvo dominada por el Montforte de Leo Nucci. El barítono italiano no tiene los nobles acentos de un Piero Cappuccilli ni la canónica línea de un Renato Bruson, pero su canto seduce porque es el de un artista diáfano, directo: un gran comunicador. Como Elena, la soprano Sondra Radvanovski exhibió un registro valiente , se movió con comodidad en una partitura que lleva la voz a extremos, aunque por pocos momentos la afinación es titubeante. El timbre, de suntuosa oscuridad, recuerda al de la gran Shirley Verret. Como Arrigo, el hawaiano Keith Ikaia-Purdy cumplió, es un tenor de cierta seguridad en los agudos, pero a quien se le reprocharía algo más de “verdianidad” en en el fraseo y cuidado en la línea de canto. El bajo georgiano Paata Burchuladze, con un material vocal que evidencia el paso del tiempo, exhibió un comportamiento algo mecánico, unidimensional y mezquino en matices.
La labor de Miguel Angel Gómez-Martinez frente a la orquesta y el coro de la Staatsoper se mantuvo en parámetros de corrección: tiempos que permitían cantar, pero con tosquedad expresiva en los tutti y las escenas de conjunto. La vitalidad melódica verdiana nunca ha estado reñida con la elegancia.
Nadia Kratseva y Carlos Alvarez en La forza del destino. (Foto: Axel Zeininger)
Inspirada con toda seguridad en algún western de los años 70, la nueva producción de La forza del destino contó con un elenco vocal sobresaliente, encabezado por la soprano sueca Nina Stemme, que hizo una convincente retrato vocal de la protagonista del drama: intensa en “Son giunta, grazie a Dio!” y muy conmovedora en ”La vergine degli angeli”. A su estatura artística estuvo también el barítono español Carlos Alvarez, de fraseo algo rutinario, más pletórico de voz. El tenor Salvatore Licitra lució un timbre armónicamente incompleto para abordar el extenuante rol de Alvaro. Su voz de lírico lleno y la similitud tímbrica con el gran Giuseppe di Stefano (ignoro hasta qué punto fortuita) le llevan a cometer excesos de apertura en la emisión sonora que tanto se le criticaban al desparecido cantante siciliano. Sexy y efectiva la mezzo Nadia Kratseva como Preziosilla y mejor como Marqués de Calatrava que como Padre Guardiano el bajo Alastair Miles. Episódico el Fray Melitone de Tiziano Bracci.
La puesta en escena de David Poutney se apoya demasiado en elementos extra-teatrales que llegan a cansar, sin contribuir a hacer más comprensible la acción. Un vídeo recrea la caída de la pistola y el disparo accidental que hace blanco en la humanidad del padre de la protagonista, y se repite hasta tres veces a lo largo de la ópera. Es insólito que el director escénico no aproveche el juego dramático que brinda la interpretación de dos roles importantes (Marqués de Calatrava y Padre Guardiano) por parte del mismo cantante, a quien ni siquiera caracteriza de manera distinta.
El otro protagonista -y triunfador- de la noche fue el director Marco Armiliato, que condujo con esmalte, nervio y slancio - vale decir: auténtico verbo verdiano- a orquesta, coro y solistas. La ejecución de la célebre obertura fue sencillamente memorable.
Todo para La Diva
Bo Skovhus y Renée Fleming en Capriccio. (Foto: Axel Zeininger)
La esperada puesta de Capriccio, última ópera de Richard Strauss, en una nueva producción a cargo de Marco Arturo Marelli, fue hecha a la medida de la diva Renée Fleming. La elegante soprano estadounidense no defraudó ni mucho menos en una obra y repertorio que le son tan suyos. Hablar de cremosidad, sinceridad, clase y musicalidad en la Fleming es no aportar información nueva. El rol de la Condesa Madeleine no supone un reto desde el punto de vista vocal, pero sí desde el lado interpretativo: al ser una parte tan gentil, refinada y carente de conflictos internos, puede hacerse muy aburrida, sobre todo en una cantante con un sentido limitado del matiz. Pero no es el caso de Fleming, que sabe ser magnética, jovial sin abrumar, y sobre todo, deja que se luzcan los demás sin dejar de brillar ella. También fue la noche de la mezzo Angelika Kirchslanger y del bajo Franz Hawlata, así como del tenor Michael Schade y los barítonos Bo Skovhus y Adrian Eröd. Un elenco compacto, sin fisuras, en una obra de fascinante exquisitez, resuelta con admirable buen gusto – escenografía y vestuario- y donde el puestista lo invierte todo en el lucimiento de la protagonista. No hubo frase, momento o guiño desaprovechado por la diva. Corolario de esa interpretación de sueño, la orquesta dirigida por Philip Jordan, expresiva y delicadísima, desde la prolongada y camerística introducción al mimoso y sutil final. Un verdadero triunfo de la opera “a la vienesa”.
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